La jugada silenciosa que redefine el futuro

Por: Enzo Galimberti.

En los sistemas políticos que llevan años aferrados al mando, el poder no suele desaparecer por desgaste moral ni por presión externa. Mucho menos por épica democrática. El poder, en esos contextos, se adapta. Cambia de forma, de vocería, de estrategia. Venezuela vuelve a ofrecer un ejemplo elocuente de esa lógica.

La asunción de la nueva presidenta, no representa una ruptura súbita con el pasado reciente. Tampoco un simple relevo administrativo. Es, más bien, una reingeniería del mando, una forma de preservar el control evitando el colapso. Quien espere una refundación inmediata del país, probablemente se equivoque de diagnóstico.

Durante demasiado tiempo, el debate sobre Venezuela se redujo a consignas binarias: continuidad o caída, chavismo o antichavismo, intervención o resistencia. Esa mirada simplificadora ignoró un dato central: el poder real venezolano nunca residió únicamente en el Ejecutivo, sino en una red compleja de actores que exceden al gobierno formal. Fuerzas armadas, estructuras partidarias, colectivos territoriales, circuitos económicos paralelos y acuerdos tácitos conformaron y aún conforman, el verdadero entramado de gobernabilidad.

La actual presidenta no solo conoce ese entramado: es parte constitutiva de él. Su trayectoria dentro del sistema le permitió construir vínculos, administrar lealtades y comprender los equilibrios internos que sostienen al régimen. Sabe quién decide más allá de los cargos visibles, qué actores pesan en la calle, qué mandos militares son decisivos y qué sectores funcionan como fusibles sociales. En ese contexto, su llegada al poder no es una anomalía, sino una consecuencia lógica.

Esa es, precisamente, la razón por la cual fue la elegida. Y también el motivo por el cual fue tolerada, aunque no celebrada por Estados Unidos. Desde Washington se asumió una premisa incómoda pero realista: no existe una transición posible en Venezuela sin alguien que tenga control efectivo sobre los resortes internos del poder chavista. Gobernar un país fracturado exige algo más que reconocimiento internacional; exige capacidad de mando concreto.

Para la oposición más dura, su figura simboliza una continuidad maquillada. Para los sectores más rígidos del chavismo, una concesión riesgosa. Pero justamente allí se ubica su margen de acción: no se presenta como una amenaza directa para ninguno de los polos, sino como un punto de equilibrio precario entre ambos. No promete un giro épico ni una democracia instantánea. Ofrece algo más sobrio y quizás más viable: contención, administración del conflicto y una salida gradual del aislamiento.

El desafío que enfrenta es monumental. Venezuela no atraviesa solo una crisis económica; atraviesa una crisis de sentido, de confianza y de cohesión social. La presidenta parece comprender que su rol no pasa por encender pasiones, sino por desactivar tensiones. Reordenar la relación con el estamento militar, disciplinar, sin confrontar abiertamente a los colectivos armados, generar mínimos consensos internos y enviar señales de previsibilidad al exterior.

¿Alcanza con eso para encaminar al país? Nadie puede afirmarlo con certeza. Pero sí puede decirse algo con honestidad intelectual: es la única dirigente con capacidad real para intentar un cambio sin detonar una implosión inmediata. En un país exhausto, eso ya constituye un activo político.

La historia demuestra que las salidas de regímenes cerrados rara vez se producen desde la pureza ideológica. Más bien emergen del pragmatismo, de la negociación silenciosa y de figuras que conocen los límites del sistema que intentan reformar. No siempre llegan los líderes soñados; llegan los líderes posibles.