Por: Enzo Galimberti
La noche venezolana estalló. No como accidente ni como sorpresa. Estalló como consecuencia. Las explosiones que sacudieron Caracas y otras zonas estratégicas del país no rompieron la paz: rompieron la ilusión de que un régimen puede tensar indefinidamente la cuerda sin que, en algún punto, esta se corte.
El gobierno de Nicolás Maduro denunció una “agresión militar” por parte de Estados Unidos, señalando ataques en zonas civiles y militares. Acto seguido, activó su repertorio habitual: estado de alerta, despliegue defensivo y un discurso de victimización que ya no convence fuera de su propio círculo ideológico. Porque, a esta altura, resulta intelectualmente deshonesto analizar lo ocurrido sin asumir una premisa básica: Venezuela no es un actor pasivo, sino un régimen que desde hace años elige la confrontación como método de supervivencia política.
Estados Unidos no actúa por altruismo ni por amor a la democracia latinoamericana. Actúa por intereses. Pero tampoco dispara al vacío. Cuando una administración decide avanzar militarmente, lo hace porque evalúa que el costo de no hacerlo es mayor que el de intervenir. Y ese cálculo, guste o no, dice mucho sobre el nivel de deterioro institucional y estratégico en el que se encuentra el régimen venezolano, luego de tantos años de corrupción y de convertirse en una verdadera máquina de exportación de droga. Esa máquina esta a punto de romperse, ya que su líder Nicolás Maduro fue capturado y extraido de Venezuela junto a su esposa por militares estadounidenses. Ahora queda toda su red en el narcoestado ¿podrán mantenerse mucho tiempo en el poder?
La reacción regional no tardó en romper la inercia diplomática. Desde Colombia, el presidente Gustavo Petro decidió no guardar silencio. Denunció públicamente un ataque directo contra Caracas y reclamó una convocatoria urgente de los principales foros multilaterales del continente y del sistema internacional. Petro sabe muy bien que, si cae el régimen de Maduro, lo más probable es que su propio escenario político se vea seriamente afectado en las próximas elecciones presidenciales, al perder el respaldo de uno de sus principales aliados regionales. A esto se suma un dato que no puede ignorarse: una clara inclinación de América Latina hacia la derecha. El giro político en Argentina y Bolivia, tras años de populismo de izquierda, y el reciente avance electoral de la derecha en Chile, luego de una breve experiencia de gobierno de izquierda, refuerzan esta tendencia regional.
Desde Cuba, uno de los aliados históricos de Caracas, la reacción fue inmediata y sin matices. La cancillería cubana interpretó los hechos como una agresión directa no solo contra Venezuela, sino contra el equilibrio regional en su conjunto. Para La Habana, lo ocurrido constituye una señal alarmante: cuando se rompe el principio de no intervención, toda la región queda expuesta. Más allá del tono ideológico, el respaldo cubano confirma algo central: el conflicto ya no es estrictamente bilateral. Empieza a configurar bloques, alineamientos y lealtades que reeditan viejas lógicas de la Guerra Fría en un contexto global mucho más inestable. No es un dato menor recordar que Cuba apoyó política, ideológica y estratégicamente a Venezuela desde los inicios de la llamada “Revolución Bolivariana”, especialmente a partir de la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. Ese respaldo fue clave para consolidar el proyecto chavista: Cuba encontró en Venezuela un sostén económico fundamental a través del petróleo, y Venezuela encontró en Cuba un manual político para su revolución.
Reducir lo ocurrido a un simple acto de imperialismo es cómodo, pero incompleto. El verdadero problema venezolano no comenzó esta semana ni con un misil. Comenzó cuando el poder dejó de rendir cuentas, cuando se desmantelaron las instituciones, cuando la economía fue entregada al control político y cuando la disidencia pasó a ser tratada como enemiga. Un país que expulsa a millones de ciudadanos, que depende de alianzas con regímenes cerrados y que convierte la confrontación externa en su principal narrativa interna no puede sorprenderse cuando el conflicto deja de ser discursivo.
La noche venezolana estalló. No como accidente ni como sorpresa. Estalló como consecuencia. Las explosiones que sacudieron Caracas y otras zonas estratégicas del país no rompieron la paz: rompieron la ilusión de que un régimen puede tensar indefinidamente la cuerda sin que, en algún punto, esta se corte.
El gobierno de Nicolás Maduro denunció una “agresión militar” por parte de Estados Unidos, señalando ataques en zonas civiles y militares. Acto seguido, activó su repertorio habitual: estado de alerta, despliegue defensivo y un discurso de victimización que ya no convence fuera de su propio círculo ideológico. Porque, a esta altura, resulta intelectualmente deshonesto analizar lo ocurrido sin asumir una premisa básica: Venezuela no es un actor pasivo, sino un régimen que desde hace años elige la confrontación como método de supervivencia política.
Estados Unidos no actúa por altruismo ni por amor a la democracia latinoamericana. Actúa por intereses. Pero tampoco dispara al vacío. Cuando una administración decide avanzar militarmente, lo hace porque evalúa que el costo de no hacerlo es mayor que el de intervenir. Y ese cálculo, guste o no, dice mucho sobre el nivel de deterioro institucional y estratégico en el que se encuentra el régimen venezolano, luego de tantos años de corrupción y de convertirse en una verdadera máquina de exportación de droga. Esa máquina esta a punto de romperse, ya que su líder Nicolás Maduro fue capturado y extraido de Venezuela junto a su esposa por militares estadounidenses. Ahora queda toda su red en el narcoestado ¿podrán mantenerse mucho tiempo en el poder?
La reacción regional no tardó en romper la inercia diplomática. Desde Colombia, el presidente Gustavo Petro decidió no guardar silencio. Denunció públicamente un ataque directo contra Caracas y reclamó una convocatoria urgente de los principales foros multilaterales del continente y del sistema internacional. Petro sabe muy bien que, si cae el régimen de Maduro, lo más probable es que su propio escenario político se vea seriamente afectado en las próximas elecciones presidenciales, al perder el respaldo de uno de sus principales aliados regionales. A esto se suma un dato que no puede ignorarse: una clara inclinación de América Latina hacia la derecha. El giro político en Argentina y Bolivia, tras años de populismo de izquierda, y el reciente avance electoral de la derecha en Chile, luego de una breve experiencia de gobierno de izquierda, refuerzan esta tendencia regional.
Desde Cuba, uno de los aliados históricos de Caracas, la reacción fue inmediata y sin matices. La cancillería cubana interpretó los hechos como una agresión directa no solo contra Venezuela, sino contra el equilibrio regional en su conjunto. Para La Habana, lo ocurrido constituye una señal alarmante: cuando se rompe el principio de no intervención, toda la región queda expuesta. Más allá del tono ideológico, el respaldo cubano confirma algo central: el conflicto ya no es estrictamente bilateral. Empieza a configurar bloques, alineamientos y lealtades que reeditan viejas lógicas de la Guerra Fría en un contexto global mucho más inestable. No es un dato menor recordar que Cuba apoyó política, ideológica y estratégicamente a Venezuela desde los inicios de la llamada “Revolución Bolivariana”, especialmente a partir de la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. Ese respaldo fue clave para consolidar el proyecto chavista: Cuba encontró en Venezuela un sostén económico fundamental a través del petróleo, y Venezuela encontró en Cuba un manual político para su revolución.
Reducir lo ocurrido a un simple acto de imperialismo es cómodo, pero incompleto. El verdadero problema venezolano no comenzó esta semana ni con un misil. Comenzó cuando el poder dejó de rendir cuentas, cuando se desmantelaron las instituciones, cuando la economía fue entregada al control político y cuando la disidencia pasó a ser tratada como enemiga. Un país que expulsa a millones de ciudadanos, que depende de alianzas con regímenes cerrados y que convierte la confrontación externa en su principal narrativa interna no puede sorprenderse cuando el conflicto deja de ser discursivo.
