¿Quién gana y quién pierde con esta guerra?

Por Enzo Galimberti

Las guerras modernas ya no se limitan al territorio donde comienzan. En un mundo interconectado, los conflictos se expanden como una onda que atraviesa continentes, mercados y sistemas políticos. El enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán está empezando a mostrar precisamente esa dinámica. Lo que en apariencia es un choque militar concentrado en Medio Oriente comienza a atraer nuevos actores, tensar alianzas internacionales y generar impactos económicos que se sienten incluso en regiones que están a miles de kilómetros del campo de batalla.

A medida que la tensión se profundiza, el conflicto empieza a involucrar indirectamente a otros países. Israel cuenta con el respaldo estratégico de Estados Unidos, pero también con el apoyo político y militar de varios aliados occidentales. Reino Unido y algunos países europeos han manifestado respaldo diplomático y cooperación en materia de defensa, mientras que dentro del mundo árabe se observa una posición más ambigua. Algunas monarquías del Golfo mantienen vínculos de seguridad con Washington y observan con cautela el crecimiento de la influencia iraní en la región. Del otro lado, Irán no está completamente aislado. Aunque evita una alianza militar formal, mantiene relaciones estratégicas con actores como Rusia y China, que ven en este conflicto una oportunidad para debilitar la influencia occidental en Medio Oriente. Moscú comparte con Teherán intereses geopolíticos en la región, mientras que Beijing observa el escenario con una lógica más económica: su prioridad es garantizar la estabilidad de las rutas energéticas que alimentan su crecimiento.

Pero mientras los analistas observan los movimientos militares y diplomáticos, los mercados internacionales reaccionan casi de inmediato. Medio Oriente sigue siendo una pieza central en el sistema energético global, y cualquier amenaza sobre la producción o el transporte de petróleo genera un efecto inmediato en los precios internacionales. Irán, además de ser un productor relevante, se encuentra cerca de uno de los corredores marítimos más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte importante del petróleo mundial. Cuando los inversores perciben riesgo en esa zona, el precio de la energía comienza a subir y esa suba se transmite rápidamente al resto de la economía global.

En América Latina ese impacto no se distribuye de manera uniforme. Algunos países pueden encontrar oportunidades económicas en este escenario, mientras que otros enfrentan dificultades adicionales. Brasil, por ejemplo, posee una industria energética significativa y una economía exportadora fuerte en alimentos y minerales. Si los precios internacionales de las materias primas suben, el país puede beneficiarse a través de mayores ingresos por exportaciones. México también puede obtener ciertas ventajas debido a su producción petrolera y a su estrecha relación comercial con Estados Unidos, lo que le permite absorber parte del impacto a través de su integración económica con la mayor economía del mundo.

Argentina se encuentra en una posición intermedia. Por un lado, el aumento de los precios internacionales de los alimentos y de la energía puede mejorar los ingresos por exportaciones agrícolas y abrir oportunidades para el desarrollo energético, especialmente si proyectos como los vinculados a Vaca Muerta logran consolidarse. Sin embargo, la economía argentina también es vulnerable a la inflación global y al encarecimiento del transporte y de los combustibles. En un contexto de fragilidad macroeconómica, un shock internacional puede amplificar tensiones internas en lugar de resolverlas.

En contraste, países que dependen en gran medida de la importación de combustibles enfrentan un panorama más complejo. Economías de Centroamérica y del Caribe suelen verse afectadas rápidamente cuando los precios energéticos suben, ya que el costo de la electricidad, el transporte y la producción industrial aumenta. Ese efecto suele trasladarse al precio de los alimentos y al costo de vida de la población, generando presiones sociales que los gobiernos deben administrar con recursos limitados.

Chile, por ejemplo, depende de la importación de energía para sostener buena parte de su actividad económica. Un aumento prolongado del precio del petróleo puede impactar en sus costos productivos y en la inflación interna. Perú y Uruguay también pueden enfrentar tensiones similares si el encarecimiento de la energía se mantiene durante mucho tiempo. En estos casos, el conflicto internacional termina transformándose en un problema económico doméstico.
Pero quizás la consecuencia más profunda no sea económica sino geopolítica. Cuando nuevas potencias comienzan a posicionarse alrededor de un conflicto regional, el sistema internacional entra en una fase de reconfiguración. Las guerras funcionan como aceleradores de cambios que ya estaban en marcha. La rivalidad entre Estados Unidos y las potencias emergentes, la disputa por la influencia en Medio Oriente y la competencia por recursos energéticos estratégicos son procesos que venían desarrollándose desde hace años. La guerra simplemente los vuelve más visibles y más urgentes.

Para América Latina, la gran pregunta no es solamente cómo impactará esta crisis en sus economías, sino cómo posicionarse en un mundo cada vez más fragmentado. La región históricamente intentó mantenerse al margen de los grandes conflictos entre potencias, pero la creciente polarización global hace que esa distancia sea cada vez más difícil de sostener. Las decisiones comerciales, las alianzas diplomáticas y los vínculos económicos comienzan a adquirir una dimensión estratégica que antes no tenían.

Las guerras del siglo XXI ya no se libran únicamente con armas. También se combaten en los mercados, en la energía, en las rutas comerciales y en la influencia política. Y aunque América Latina esté lejos del frente de batalla, la onda expansiva de este conflicto inevitablemente terminará llegando a sus economías, a sus decisiones políticas y a su lugar dentro del nuevo tablero del poder mundial.