¿Por qué Cuba está cambiando después de casi siete décadas?

Por: Enzo Galimberti.

Hay momentos en la historia en los que los países no anuncian un cambio de rumbo con un gran discurso ni con una nueva bandera. Simplemente comienzan a tomar decisiones que, una tras otra, terminan marcando el final de una época. Y eso es, precisamente, lo que hoy parece estar ocurriendo en Cuba.

La isla caribeña vivió durante 67 años bajo un modelo comunista, nacido al calor de la Revolución de 1959, liderada por Fidel Castro. Durante décadas, el Estado controló toda la economía: las empresas, el comercio, la producción y buena parte de la vida cotidiana de los cubanos. El ideal era construir una sociedad igualitaria, donde el mercado tuviera un papel mínimo y donde el Estado garantizara las necesidades básicas de la población. Con el paso del tiempo, ese modelo terminó derivando en un sistema cada vez más centralizado y con escaso margen para la iniciativa privada. Pero la realidad y el paso de los años terminaron imponiendo sus propias reglas. La caída de la Unión Soviética, principal sostén económico de Cuba durante décadas, fue una primera advertencia. Luego llegó la pandemia y, con ella, la caída del turismo, una de las principales fuentes de ingresos de la isla. Más tarde, la crisis venezolana redujo otra importante fuente de ayuda financiera, petrolera y energética. Todo ello terminó profundizando una crisis que ya se encontraba en marcha, sumada a la escasez de alimentos, los apagones continuos y una creciente emigración de jóvenes que comenzaron a buscar en otros países las oportunidades que no encontraban en su propia tierra.

La revolución comenzó a enfrentarse a un problema que ninguna ideología puede resolver por sí sola: una economía que ya no generaba la riqueza suficiente para sostener el sistema. Por eso, en los últimos años, el gobierno de Miguel Díaz-Canel comenzó a tomar medidas que hace apenas dos décadas hubieran sido impensables. Se permitió la creación de pequeñas y medianas empresas privadas, se ampliaron las actividades económicas por cuenta propia, se abrieron más espacios para la inversión extranjera y se flexibilizaron diversas restricciones comerciales. Poco a poco, el Estado comenzó a ceder terreno al mercado, dejando atrás algunas de las características del comunismo clásico. No porque haya abandonado su sistema político de partido único ni porque haya dejado de considerarse un Estado socialista, sino porque su economía tiende a parecerse cada vez más a la de China y Vietnam.

Ambos países entendieron hace décadas que, si seguían aferrados a un modelo económico completamente cerrado, corrían el riesgo de terminar como la Unión Soviética: una gran potencia incapaz de sostener su economía y que terminó derrumbándose desde adentro. Por eso decidieron conservar el control político, pero abrir gradualmente la economía, permitir inversiones y darle más espacio a la iniciativa privada. El resultado está a la vista. China se transformó en la segunda economía del mundo y Vietnam pasó de ser uno de los países más pobres de Asia a convertirse en uno de los de mayor crecimiento económico de las últimas décadas. Cuba parece haber comprendido esa lección.

¿Es positivo este cambio? Todo indica que sí. Era necesario hacerlo porque, con un sistema tan cerrado, la isla ya no podía garantizar plenamente las necesidades básicas de su población. Una economía más abierta puede generar empleo, incentivar la producción, atraer inversiones, aumentar la oferta de bienes y mejorar la calidad de vida de la población. También permite que las personas tengan mayores oportunidades para emprender, progresar y depender menos de un Estado que hoy tiene enormes dificultades para responder a todas las necesidades de la sociedad. Después de todo, ningún sistema puede sostenerse únicamente en las ideas cuando la gente tiene dificultades para acceder a alimentos, medicamentos o a un futuro mejor para sus hijos.

Quizás el verdadero significado de lo que hoy sucede en Cuba no sea el fin del comunismo ni el triunfo del capitalismo. Tal vez sea algo mucho más profundo: la aceptación de que las revoluciones también necesitan adaptarse para sobrevivir. Porque las ideologías pueden resistir el paso del tiempo, pero la historia demuestra que, cuando la economía deja de ofrecer respuestas y las nuevas generaciones comienzan a marcharse, los cambios dejan de ser una opción y se convierten en una necesidad. Y tal vez, después de 67 años, Cuba haya llegado precisamente a ese momento.