Hay derrotas que terminan cuando el árbitro marca el final del partido. Otras, en cambio, apenas comienzan allí. Se prolongan en las redes sociales, en los programas de televisión, en los titulares de los diarios y en la necesidad de miles de personas de convertir un resultado deportivo en una batalla cultural, política y hasta moral.
La Argentina lleva varios años ocupando el centro del
fútbol mundial. Sin embargo, permanecer demasiado tiempo en lo más alto tiene
un precio. Cuando alguien pierde constantemente suele provocar indiferencia,
compasión o incluso simpatía. Cuando gana una vez puede despertar admiración.
Pero cuando continúa ganando, cuando se acostumbra a celebrar y parece no
abandonar nunca el centro de la escena, comienza a generar cansancio, rivalidad
y, en ciertos sectores, resentimiento. Como le pasa a Argentina con muchos países
vecinos o del mismo continente.
No hace falta imaginar una conspiración organizada
contra la selección argentina. No es necesario pensar en una habitación secreta
en la que empresarios, periodistas, celebridades y dirigentes políticos se
reúnan para decidir cómo atacar a Messi o desacreditar al país. Las campañas
modernas funcionan de una manera mucho más sencilla y, por eso mismo, mucho más
difícil de detener: cientos o miles de personas descubren, casi al mismo
tiempo, que atacar a un mismo objetivo les proporciona atención, seguidores, comentarios,
repercusión y dinero.
La Argentina reúne todos los elementos necesarios para
convertirse en un personaje irresistible dentro del espectáculo digital. Tiene
una selección exitosa, una hinchada multitudinaria, una manera intensa y
provocadora de vivir el fútbol y al jugador más famoso del planeta. Para quien
busca visibilidad, enfrentarse a un adversario de semejante tamaño resulta
mucho más rentable que criticar a alguien que no despierta pasiones. Messi
genera admiración, pero también genera interacción. Y en el mundo de los
algoritmos, ambas cosas pueden valer exactamente lo mismo.
A esto se suma una característica imposible de negar: la
personalidad futbolística argentina rara vez es moderada. En la Argentina se
festeja con exageración, se canta, se grita, se provoca y se responde. El
fútbol no se vive como una actividad distante, sino como una extensión de la
identidad colectiva. Esa forma de sentir el deporte puede resultar fascinante
para algunos e irritante para otros. El problema comienza cuando una diferencia
cultural en la manera de competir deja de ser interpretada como una expresión
deportiva y pasa a ser utilizada como una supuesta prueba de inferioridad
moral.
Después de la final, numerosas personalidades
compartieron mensajes contra la Argentina. Estos episodios permiten observar
cómo funciona una ola digital. Alguien publica un contenido, otra persona lo
comparte, miles reaccionan y recién después algunos se preguntan si aquello que
difundieron era verdadero, razonable o justo. Pero para entonces la publicación
ya recorrió el mundo, fue reproducida, comentada y utilizada para confirmar
prejuicios anteriores. Las disculpas pueden llegar, pero rara vez alcanzan la
misma velocidad que la acusación. El daño, una vez más, ya está hecho.
A partir de allí, la discusión dejó de girar exclusivamente alrededor del
fútbol y comenzó a concentrarse en una acusación mucho más grave: la idea de
que la Argentina sería un país excepcionalmente racista. Uno de los argumentos
más utilizados para sostener esa afirmación es la menor presencia visible de
población afrodescendiente en comparación con Brasil, el Caribe o los Estados
Unidos. De esa diferencia demográfica nacieron explicaciones simplificadas,
algunas de las cuales llegaron a insinuar que los afroargentinos desaparecieron
como consecuencia de una política deliberada de exterminio.
La esclavitud existió en el territorio argentino y formó parte de la sociedad
colonial. Ese hecho no debe ocultarse ni relativizarse. Sin embargo, tampoco
puede analizarse la historia mediante consignas reducidas a unos pocos
caracteres. El proceso de eliminación jurídica de la esclavitud comenzó
tempranamente. La Asamblea del Año XIII estableció en 1813 la denominada
libertad de vientres, mediante la cual los hijos nacidos de mujeres
esclavizadas dejaban de heredar automáticamente esa condición. Fue una medida
gradual, incompleta y limitada, pero representó el inicio del camino
abolicionista. Décadas más tarde, la Constitución Nacional de 1853 declaró
abolida la esclavitud y estableció que cualquier persona esclavizada que
ingresara al territorio argentino quedaría en libertad. La disposición alcanzó
posteriormente a Buenos Aires, después de su incorporación definitiva al orden
constitucional nacional.
La menor presencia afrodescendiente actual no puede
explicarse mediante una sola causa. Fue el resultado de una importación de
personas esclavizadas menor que la registrada en las economías de plantación de
Brasil y el Caribe, pero también del mestizaje, las guerras del siglo XIX, las
epidemias, la emigración y la llegada masiva de inmigrantes europeos. Nada de
esto demuestra que el racismo no exista en la Argentina. Existe, como existe en
prácticamente todas las sociedades. Pero reconocer su existencia no obliga a
aceptar cualquier interpretación histórica ni permite afirmar seriamente que el
país sea, por definición, uno de los más racistas del planeta.
Es precisamente en este punto donde aparece una contradicción
difícil de ignorar. Los cuatro semifinalistas del Mundial fueron la Argentina,
España, Inglaterra y Francia. Tres de esas cuatro naciones —España, Inglaterra
y Francia— construyeron grandes imperios coloniales y participaron durante
siglos en sistemas económicos sostenidos por la explotación, el tráfico y el
trabajo de personas esclavizadas.
Los propios Archivos Nacionales británicos reconocen la
enorme participación de Gran Bretaña en el comercio transatlántico de esclavos
y documentan que la abolición de la esclavitud en buena parte de sus colonias
llegó con la ley de 1833, después de siglos de beneficios obtenidos mediante
ese sistema. Francia y España también poseyeron colonias, plantaciones, puertos
vinculados al tráfico esclavista y territorios cuya producción dependía del
sometimiento de millones de personas. Documentos históricos recopilados por la
Unesco describen la participación de ambas potencias en las redes coloniales y
esclavistas.
Por supuesto, el pasado colonial de Europa no convierte
en aceptable ningún acto racista cometido por argentinos. Los errores de una
sociedad no se justifican señalando los crímenes de otra. Sin embargo, esa
memoria histórica debería impedir, al menos, que las antiguas potencias
coloniales se presenten como jueces completamente ajenos al problema. Se puede
denunciar el racismo sin colocarse sobre un pedestal de superioridad moral. Se
puede cuestionar a la Argentina sin olvidar que la discriminación atraviesa la
historia de prácticamente todas las sociedades.
Cuando la historia se recuerda únicamente para condenar
a unos y se olvida cuando compromete a otros, ya no estamos frente a una
verdadera defensa de los derechos humanos. Estamos frente a una forma de
memoria selectiva.
Detrás de muchas de las críticas dirigidas contra la
Argentina también aparece una antigua división del mundo. De un lado se
encontrarían los europeos, presentados como pulcros, moderados, educados y
respetuosos de las normas. Del otro quedarían los argentinos: ruidosos,
desprolijos, provocadores, apasionados y, para algunos, casi bárbaros.
Esa representación no nació con el fútbol ni con las
redes sociales. Forma parte de una mirada mucho más antigua, según la cual
Europa continúa ocupando el lugar de la civilización autorizada para examinar,
clasificar y reprender al resto del mundo. Bajo esa lógica, cuando un europeo
festeja con vehemencia demuestra orgullo; cuando lo hace un argentino exhibe
arrogancia. Cuando un futbolista europeo provoca, su actitud es considerada
parte del juego; cuando responde uno argentino, se lo utiliza como prueba de la
supuesta falta de educación de todo un país.
El mismo comportamiento recibe una interpretación
diferente según el pasaporte de quien lo protagoniza. Así se construye una
imagen conveniente: los argentinos serían temperamentales e incivilizados,
mientras que las antiguas potencias europeas representarían la sobriedad, la
cultura y las buenas costumbres. Sin embargo, ese relato comienza a
desmoronarse cuando se observa la historia escondida detrás de los modales.
Pero detrás de esta disputa también existe algo más
moderno y, al mismo tiempo, más poderoso: el negocio de la indignación. Una
publicación emotiva puede generar algunos mensajes de cariño, recuerdos y “me
gusta”. Una publicación agresiva, en cambio, convoca inmediatamente a dos
grupos. Por un lado aparecen quienes respaldan el ataque. Por el otro, quienes
se sienten ofendidos y acuden a responder.
Ambos grupos comentan, comparten y permanecen
conectados. Para el algoritmo no existe una diferencia moral entre un mensaje
de apoyo y una respuesta indignada. Los dos representan interacción. Los dos
ayudan a que la publicación circule. Los dos aumentan las posibilidades de que
el contenido llegue a nuevas personas.
Por eso la provocación dejó de ser solamente una
conducta para convertirse en un modelo de negocios. En las plataformas que
permiten monetizar contenidos, una mayor cantidad de visualizaciones puede
traducirse en ingresos publicitarios, contratos comerciales, seguidores y
oportunidades de patrocinio. Así nació el denominado rage bait: publicaciones
diseñadas no necesariamente para informar o convencer, sino para enfurecer.
Quien insulta a Messi sabe que millones de argentinos
acudirán a defenderlo. Quien afirma que todos los argentinos son racistas sabe
que aparecerán miles de usuarios indignados intentando demostrar lo contrario.
Cada respuesta, aunque tenga buenas intenciones, contribuye a impulsar el
mensaje original. El atacante consigue visibilidad gracias a quienes lo apoyan,
pero también gracias a quienes lo rechazan.
De esta manera, una acusación exagerada puede
convertirse en un negocio extraordinario. Algunos obtienen dinero. Otros
consiguen seguidores. Algunos ganan relevancia política. Otros encuentran una
excusa para expresar prejuicios que ya tenían. No existe necesariamente una
conducción centralizada ni un único creador de la campaña. Solo existen miles
de intereses diferentes que descubrieron una misma verdad: atacar a Messi, a la
selección o a la Argentina genera resultados. Ellos obtienen los beneficios. La
sociedad paga las consecuencias. En el fondo, buena parte de esta campaña no
parece buscar justicia, reparación ni una discusión honesta sobre el racismo.
Busca algo mucho más antiguo y profundamente humano: contemplar la caída de
quien permaneció demasiado tiempo en la cima.
La Argentina ganó, celebró, incomodó y se mantuvo
durante años entre las grandes potencias del fútbol. Messi consiguió aquello
que durante tanto tiempo le habían reprochado no poder alcanzar. Cuando
finalmente lo logró, algunos dejaron de cuestionar sus derrotas y comenzaron a
sentirse incómodos con sus victorias.
Porque el éxito ajeno no siempre despierta admiración.
En ciertas personas provoca resentimiento. En lugar de intentar crecer,
prefieren esperar que el otro tropiece. No disfrutan tanto de sus propios
logros como de la derrota de aquel que logró destacarse. La caída ajena se
transforma, entonces, en una compensación frente a las frustraciones propias. Por
eso, detrás de muchas publicaciones, acusaciones exageradas y festejos
desmedidos por la derrota argentina, no existe solamente una preocupación por
la discriminación. También aparece el deseo de ver descender a quien había
llegado demasiado alto.
La crítica es necesaria. El fanatismo debe tener
límites. Los actos racistas deben ser condenados y sancionados. Ninguna
camiseta, ningún título y ningún nombre pueden utilizarse para justificar una
agresión. Pero convertir cada error en una excusa para destruir una
trayectoria, negar todos los logros obtenidos y degradar a una sociedad
completa ya no es justicia. Es resentimiento disfrazado de superioridad moral.
La Argentina perdió una final, pero volvió a demostrar
que continúa entre las grandes selecciones del mundo. Messi no necesita ganar
todos los partidos para que su historia permanezca intacta. Sus derrotas no
borran sus conquistas, de la misma manera que sus errores no destruyen todo
aquello que representa. Y quienes necesitan verlo derrotado para sentirse
mejores terminan revelando mucho más sobre sí mismos que sobre aquellos a
quienes atacan. Porque existen personas que no buscan llegar a la cima. Les
alcanza con observar cómo cae quien alguna vez llegó hasta ella.
Tal vez por eso la caída de los grandes sea, muchas veces, la única
felicidad posible para los mediocres.
