La elección que puede cambiar el mapa político de Sudamérica

Por: Enzo Galimberti.

Para una fábrica de autos argentina, un productor de trigo o una empresa que vende al otro lado de la frontera, las elecciones brasileñas tienen consecuencias concretas. Brasil es un mercado decisivo para nuestra producción y nuestro empleo. Por eso, cuando su sociedad elige un rumbo, parte de nuestro futuro también entra en discusión.

Este 25 de octubre, Brasil definirá su presidencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo de Jair y heredero de su espacio político. La disputa enfrenta dos maneras de interpretar el malestar social: Lula propone profundizar la protección del Estado; Bolsonaro promete recuperar el orden y dar mayor espacio a la iniciativa privada.

Lula ofrece continuar los aumentos del salario mínimo por encima de la inflación, ampliar las ayudas educativas y sostener inversiones en infraestructura. También plantea renegociar deudas de familias y pequeños emprendedores, avanzar con el transporte público gratuito durante los fines de semana y fortalecer una economía que preserve la Amazonia. Su apuesta consiste en convencer a los brasileños de que un Estado activo puede mejorar sus ingresos y sus oportunidades. El desafío será financiar esas promesas y sostener la confianza económica.

Flávio Bolsonaro pone el acento en reducir la estructura estatal, recortar gastos y retomar privatizaciones. En seguridad, promete endurecer las penas y combatir al crimen organizado con mayor firmeza. A eso suma ferrocarriles, concesiones viales y educación técnica. También promete una amnistía que alcance a su padre. Su discurso combina liberalismo económico y conservadurismo político, aunque todavía debe explicar cómo compatibilizará los recortes con sus compromisos de preservar beneficios sociales y mejorar jubilaciones.

Bolsonaro llega con una pequeña ventaja. Creo que esa diferencia, se explica por su capacidad de expresar el cansancio con el oficialismo, especialmente alrededor del costo de vida y la inseguridad. El bolsonarismo también fortaleció su presencia parlamentaria: el Partido Liberal sumó bancas en Diputados y casi duplicó las del Senado. A mi entender, ese resultado muestra que su fuerza política conserva una base que va más allá del apellido y podría facilitar acuerdos para gobernar.

Brasil llega a esta elección mientras Sudamérica cambia de orientación. Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú y Colombia muestran, con sus particularidades, un mayor peso de las derechas. Bolivia también cerró el prolongado predominio del MAS. Esa marea azul reúne proyectos diferentes, pero encuentra un punto de contacto en la demanda de seguridad, empleo y gobiernos capaces de dar respuestas. A mi juicio, parte del retroceso de la izquierda surge de la distancia entre sus promesas y lo que muchos ciudadanos perciben en su vida cotidiana.

En ese escenario también pesa Donald Trump, aliado de Flávio y referencia para varios gobiernos de la región. A mi entender, ese vínculo ayuda a articular afinidades internacionales. El resultado brasileño, sin embargo, dependerá de las preocupaciones y decisiones de sus propios votantes. Una victoria bolsonarista daría a esa ola conservadora el respaldo del país de mayor peso económico de Sudamérica.

Para la Argentina, Flávio ofrecería mejores condiciones de entendimiento con el gobierno de Milei. La cercanía política podría facilitar una agenda común sobre inversiones, comercio y un Mercosur más flexible. Sería una oportunidad para reducir tensiones y avanzar en acuerdos. Su valor dependerá de la capacidad de cuidar las cadenas productivas compartidas y convertir esa coincidencia en beneficios para quienes trabajan y producen. La propia flexibilización del bloque también podría debilitar su cohesión si cada socio avanza por separado.

El interés argentino exige mirar, además, cuánto crecerá Brasil y qué podrá comprarnos. Las políticas de ingresos de Lula podrían sostener una demanda favorable para nuestras exportaciones; un ajuste mal ejecutado bajo Bolsonaro podría contraerla. Son escenarios posibles. Por eso, mi preferencia por una mayor sintonía política viene acompañada de una condición: que permita ampliar mercados, sostener inversiones y generar empleo. La cercanía entre presidentes tendrá valor cuando se traduzca en resultados para nuestras sociedades.

Si Bolsonaro gana, la marea azul habrá dado un paso decisivo. Después comenzará una prueba más exigente: demostrar que el cambio puede mejorar la vida cotidiana. Para la Argentina, la oportunidad estará en construir una relación capaz de sobrevivir a los nombres y a los gobiernos, con acuerdos que sigan siendo útiles cuando vuelva a cambiar el color del mapa.


Pronóstico: Gana Bolsonaro.