Por: Enzo Galimberti.
Hay conflictos que no se extienden por falta de salidas, sino por exceso de conveniencias. No permanecen abiertos porque nadie sepa cómo cerrarlos, sino porque hacerlo obligaría a todos a pagar un precio que nadie está dispuesto a asumir. El vínculo entre China y Taiwán pertenece a esa zona gris: una tensión administrada, contenida, dosificada. No es guerra, pero tampoco es paz. Es una estabilidad artificial sostenida por el temor a romperla.
Taiwán no encaja en la categoría clásica de independencia. No nació de un acto soberano ni de una secesión reconocida, sino de una guerra civil inconclusa. En 1949 no hubo una partición pactada, sino un desenlace militar: el Partido Comunista se quedó con el continente; el gobierno nacionalista se refugió en una isla. No se trazó una frontera. Quedó una herida histórica que nunca terminó de cerrarse.
Durante años, ambos bandos afirmaron ser la verdadera China. El reconocimiento internacional fue oscilando según las necesidades del momento, hasta que el peso demográfico, político y económico inclinó definitivamente la balanza hacia Pekín. Pero la isla no desapareció. Persistió. Se organizó. Se democratizó. Se volvió próspera. Y en ese proceso ocurrió algo que ningún comunicado diplomático pudo frenar: Taiwán dejó de ser solo un refugio y comenzó a pensarse a sí mismo como algo distinto.
Para China, Taiwán no es una ficha negociable. No lo es solo por su valor estratégico o económico, sino porque compromete el relato fundacional del Estado chino moderno. Aceptar una independencia plena implicaría admitir que la guerra civil no terminó con una victoria total, que la unidad nacional quedó incompleta. Y el poder chino no tolera finales abiertos.
Hay, además, un elemento más incómodo todavía. Taiwán no desafía a Pekín por lo que hace, sino por lo que representa. Una sociedad de matriz cultural china, democrática, moderna y altamente tecnológica funciona como una anomalía peligrosa. No es una amenaza militar directa, sino simbólica. Demuestra que hay otras formas posibles de organización política dentro del mismo universo cultural. Y eso resulta intolerable para un régimen que se sostiene sobre la idea de inevitabilidad.
Por eso las maniobras militares. No como anuncio inmediato de invasión, sino como pedagogía del poder. China no necesita cruzar el estrecho para imponer su voluntad; le alcanza con recordar, de manera periódica, que podría hacerlo. El mensaje no es táctico, es psicológico.
Estados Unidos, en cambio, opera desde una lógica más ambigua y, por eso mismo, más eficaz. Defiende a Taiwán sin reconocerlo. Lo arma sin garantizarle una defensa automática. Lo respalda sin integrarlo plenamente a su sistema de alianzas. No se trata de contradicción, sino de cálculo estratégico.
Reconocer formalmente a Taiwán implicaría un quiebre directo con China y la aceleración de un conflicto global. Abandonarlo significaría resignar una pieza clave del equilibrio asiático. Entre ambos extremos, Washington elige la indefinición. La llamada “ambigüedad estratégica” no es una debilidad: es el corazón de su política. La duda sobre si intervendría o no se convierte en el principal factor de disuasión.
Taiwán existe, en buena medida, porque Estados Unidos nunca termina de decir qué haría si dejara de existir.
En este tablero, cada gesto es un mensaje. Un ejercicio militar, una visita diplomática, una elección local se transforman en señales codificadas. Nada es casual. El conflicto ya no se expresa en enfrentamientos directos, sino en gestos calculados. Y esa lógica lo vuelve más frágil: cuando nadie quiere iniciar la guerra, pero todos se preparan para ella, el margen de error se vuelve mínimo.
Taiwán, consciente de su vulnerabilidad, evita el gesto definitivo de una declaración formal de independencia. China, consciente de su peso global, posterga una invasión que podría aislarla del mundo. Estados Unidos, consciente de su declive relativo, evita compromisos explícitos que no podría sostener sin costos excesivos.
El resultado es un empate tenso, sostenido menos por acuerdos que por miedos compartidos.
Las salidas reales son escasas. La reunificación negociada es una quimera: la desconfianza es estructural. La independencia formal es una provocación directa. La guerra sería una catástrofe sistémica, con consecuencias imposibles de controlar.
Conclusión:
El statu quo se impone no porque sea justo ni estable, sino porque es útil. Un conflicto sin resolver permite a cada actor preservar su relato, su poder y su posición. China sostiene la promesa de una reunificación futura. Estados Unidos conserva un instrumento de contención estratégica. Taiwán gana tiempo, aunque a costa de vivir bajo una amenaza permanente.
Pero los equilibrios basados en el miedo no son eternos. Se sostienen mientras todos calculan bien, mientras ningún gesto se interpreta mal, mientras ninguna crisis obliga a elegir. El problema no es que el conflicto siga abierto. El verdadero riesgo es que, cuando deje de estarlo, ya no haya margen para administrarlo.
Hay conflictos que no se extienden por falta de salidas, sino por exceso de conveniencias. No permanecen abiertos porque nadie sepa cómo cerrarlos, sino porque hacerlo obligaría a todos a pagar un precio que nadie está dispuesto a asumir. El vínculo entre China y Taiwán pertenece a esa zona gris: una tensión administrada, contenida, dosificada. No es guerra, pero tampoco es paz. Es una estabilidad artificial sostenida por el temor a romperla.
Taiwán no encaja en la categoría clásica de independencia. No nació de un acto soberano ni de una secesión reconocida, sino de una guerra civil inconclusa. En 1949 no hubo una partición pactada, sino un desenlace militar: el Partido Comunista se quedó con el continente; el gobierno nacionalista se refugió en una isla. No se trazó una frontera. Quedó una herida histórica que nunca terminó de cerrarse.
Durante años, ambos bandos afirmaron ser la verdadera China. El reconocimiento internacional fue oscilando según las necesidades del momento, hasta que el peso demográfico, político y económico inclinó definitivamente la balanza hacia Pekín. Pero la isla no desapareció. Persistió. Se organizó. Se democratizó. Se volvió próspera. Y en ese proceso ocurrió algo que ningún comunicado diplomático pudo frenar: Taiwán dejó de ser solo un refugio y comenzó a pensarse a sí mismo como algo distinto.
Para China, Taiwán no es una ficha negociable. No lo es solo por su valor estratégico o económico, sino porque compromete el relato fundacional del Estado chino moderno. Aceptar una independencia plena implicaría admitir que la guerra civil no terminó con una victoria total, que la unidad nacional quedó incompleta. Y el poder chino no tolera finales abiertos.
Hay, además, un elemento más incómodo todavía. Taiwán no desafía a Pekín por lo que hace, sino por lo que representa. Una sociedad de matriz cultural china, democrática, moderna y altamente tecnológica funciona como una anomalía peligrosa. No es una amenaza militar directa, sino simbólica. Demuestra que hay otras formas posibles de organización política dentro del mismo universo cultural. Y eso resulta intolerable para un régimen que se sostiene sobre la idea de inevitabilidad.
Por eso las maniobras militares. No como anuncio inmediato de invasión, sino como pedagogía del poder. China no necesita cruzar el estrecho para imponer su voluntad; le alcanza con recordar, de manera periódica, que podría hacerlo. El mensaje no es táctico, es psicológico.
Estados Unidos, en cambio, opera desde una lógica más ambigua y, por eso mismo, más eficaz. Defiende a Taiwán sin reconocerlo. Lo arma sin garantizarle una defensa automática. Lo respalda sin integrarlo plenamente a su sistema de alianzas. No se trata de contradicción, sino de cálculo estratégico.
Reconocer formalmente a Taiwán implicaría un quiebre directo con China y la aceleración de un conflicto global. Abandonarlo significaría resignar una pieza clave del equilibrio asiático. Entre ambos extremos, Washington elige la indefinición. La llamada “ambigüedad estratégica” no es una debilidad: es el corazón de su política. La duda sobre si intervendría o no se convierte en el principal factor de disuasión.
Taiwán existe, en buena medida, porque Estados Unidos nunca termina de decir qué haría si dejara de existir.
En este tablero, cada gesto es un mensaje. Un ejercicio militar, una visita diplomática, una elección local se transforman en señales codificadas. Nada es casual. El conflicto ya no se expresa en enfrentamientos directos, sino en gestos calculados. Y esa lógica lo vuelve más frágil: cuando nadie quiere iniciar la guerra, pero todos se preparan para ella, el margen de error se vuelve mínimo.
Taiwán, consciente de su vulnerabilidad, evita el gesto definitivo de una declaración formal de independencia. China, consciente de su peso global, posterga una invasión que podría aislarla del mundo. Estados Unidos, consciente de su declive relativo, evita compromisos explícitos que no podría sostener sin costos excesivos.
El resultado es un empate tenso, sostenido menos por acuerdos que por miedos compartidos.
Las salidas reales son escasas. La reunificación negociada es una quimera: la desconfianza es estructural. La independencia formal es una provocación directa. La guerra sería una catástrofe sistémica, con consecuencias imposibles de controlar.
Conclusión:
El statu quo se impone no porque sea justo ni estable, sino porque es útil. Un conflicto sin resolver permite a cada actor preservar su relato, su poder y su posición. China sostiene la promesa de una reunificación futura. Estados Unidos conserva un instrumento de contención estratégica. Taiwán gana tiempo, aunque a costa de vivir bajo una amenaza permanente.
Pero los equilibrios basados en el miedo no son eternos. Se sostienen mientras todos calculan bien, mientras ningún gesto se interpreta mal, mientras ninguna crisis obliga a elegir. El problema no es que el conflicto siga abierto. El verdadero riesgo es que, cuando deje de estarlo, ya no haya margen para administrarlo.
