El declive del régimen más longevo de América Latina

Por: Enzo Galimberti:

Hay países que se sostienen por lo que producen puertas adentro. Y hay otros que, durante años, logran mantenerse gracias a engranajes externos: acuerdos políticos, alianzas estratégicas, recursos que llegan desde afuera y que terminan funcionando como soporte vital. Durante mucho tiempo, Cuba se movió en ese segundo esquema. Resistencia histórica, sí. Pero también una estructura que dependía de que ciertos flujos nunca se cortaran.

Hoy, ese esquema muestra sus grietas.

Lo que actualmente se observa en la vida cotidiana cubana —cortes eléctricos prolongados, transporte limitado, dificultades en el sistema sanitario, faltantes de productos básicos— no es solamente una crisis coyuntural. Es la manifestación visible de una dependencia energética que quedó al descubierto cuando el principal respaldo regional dejó de garantizar estabilidad.

Durante años, la relación con la Venezuela chavista funcionó como una especie de pulmón económico indirecto. No era un intercambio comercial clásico, sino un entramado político-energético donde el combustible cumplía un rol estructural. El recurso clave no era un metal precioso: era el petróleo. Energía transformada en capacidad de funcionamiento estatal.

Cuando ese flujo disminuye o se interrumpe, el impacto no es gradual: es inmediato.

Eso empezó a sentirse con mucha fuerza hacia finales de 2025 y se profundizó en el escenario actual. La isla pasó de administrar recursos escasos a tener que administrar directamente la emergencia energética. Aparecieron esquemas de racionamiento, reorganización de servicios y una vida cotidiana que se volvió impredecible: cocinar cuando hay luz, moverse cuando hay combustible, almacenar energía cuando aparece.

Pero el punto geopolítico más sensible aparece cuando ese corte energético no es solo económico, sino también político.

En el actual contexto internacional, el endurecimiento de medidas estadounidenses para restringir el acceso de Cuba a fuentes externas de combustible, combinado con la inestabilidad política venezolana tras el desplazamiento del liderazgo de Nicolás Maduro, terminó debilitando todavía más el esquema de asistencia indirecta que sostenía parte del funcionamiento cubano.

Cuando Venezuela entra en turbulencia interna, Cuba pierde algo más que un aliado ideológico: pierde previsibilidad energética.

Y eso, en un país donde la generación eléctrica depende fuertemente de combustibles importados, se traduce en algo muy concreto: ciudades enteras a oscuras durante horas, transporte público reducido al mínimo, producción industrial frenada y alimentos que se vuelven cada vez más difíciles de conseguir o más caros.

En paralelo, aparece la dimensión social. Cuando el sistema empieza a fallar en lo básico, la tensión social crece. Y cuando crece la tensión, los gobiernos suelen responder reforzando los mecanismos de control. La crisis deja de ser solo económica o energética y pasa a ser también política y social.

Cuba hoy no está solamente atravesando una escasez de combustible. Está enfrentando el impacto de haber construido durante décadas un modelo que necesitaba energía externa constante para sostener su equilibrio interno.

Y ahí aparece la pregunta que incomoda a todos los discursos, sin importar el lado ideológico: ¿cuánto de esta situación responde a presiones externas y cuánto responde a limitaciones estructurales internas?

Porque la geopolítica, al final, no se mide solo en acuerdos internacionales ni en discursos diplomáticos. Se mide en la vida diaria: en una cocina donde no hay gas, en un hospital que debe priorizar servicios, en una familia que reorganiza su rutina según la electricidad disponible.

Y también en el silencio de una ciudad cuando se corta la luz y queda claro que, en el mundo moderno, el poder muchas veces no pasa solo por la política… sino por quién garantiza la energía.