Tablero Geopolítico: América Latina

Por: Enzo Galimberti.

Hay momentos en la historia en los que el poder no se muestra con uniformes ni con banderas de guerra. Se presenta de otra forma. Llega en forma de crédito. De inversión. De infraestructura. De tecnología. Llega con contratos, con acuerdos de cooperación, con promesas de desarrollo. Y muchas veces, cuando un país entiende el verdadero costo, ya es demasiado tarde para retroceder.

América Latina hoy vive uno de esos momentos.

Mientras el mundo discute la transición hacia un nuevo orden global, la región vuelve a ocupar un lugar que conoce demasiado bien: el de territorio estratégico para otros. No por debilidad cultural. No por falta de recursos. Sino por una combinación histórica de urgencias económicas, fragmentación política y ausencia de planificación regional de largo plazo.

Estados Unidos observa la región desde una lógica que no es nueva, pero sí más pragmática. América Latina sigue siendo parte de su esquema de seguridad hemisférica. No solo por comercio. No solo por historia. Sino porque en un mundo donde China expande su presencia económica global, Washington necesita evitar que su zona de influencia histórica se convierta en territorio de avance estructural de su principal competidor.

La estrategia es clara, aunque pocas veces se diga de forma explícita: preservar estabilidad, mantener vínculos comerciales funcionales y limitar la penetración estratégica de potencias extrahemisféricas. No hay romanticismo. Hay cálculo.

China, por su parte, no discute ideología. No exige discursos alineados. No busca protagonismo político visible. Avanza donde el desarrollo necesita respuestas rápidas: financia rutas, construye puertos, invierte en energía, participa en minería, ofrece tecnología y conectividad. No habla de alianzas estratégicas en términos militares o políticos tradicionales. Habla de proyectos. Y en una región donde el desarrollo muchas veces es urgente, el lenguaje de los proyectos suele ser más persuasivo que el lenguaje de la geopolítica.

Pero la historia latinoamericana tiene memoria. Y esa memoria deja una enseñanza incómoda: la dependencia nunca desaparece. Solo cambia de forma. Cambia de actor. Cambia de idioma. Cambia de narrativa. Pero sigue existiendo cuando una región no controla su propio modelo productivo, su propia tecnología y su propia planificación energética e industrial.

El verdadero dilema latinoamericano no es elegir entre Washington o Beijing. Ese es un falso debate, cómodo para la política interna pero inútil para la estrategia real.

El dilema real es otro: cómo negociar con ambos sin perder autonomía estructural.

Y ahí aparece el problema más profundo de la región. América Latina negocia como suma de países. No como sistema. Cada cambio de gobierno redefine prioridades externas. Cada crisis económica abre la puerta a financiamiento urgente. Cada necesidad inmediata debilita la planificación estratégica.

Mientras tanto, las potencias juegan a largo plazo.

La región tiene lo que el mundo necesita: alimentos, energía, minerales críticos para la transición tecnológica, biodiversidad y territorio. Pero en geopolítica, los recursos por sí solos no construyen poder. El poder aparece cuando esos recursos se transforman en industria, en tecnología, en conocimiento y en capacidad de decisión soberana.

Hoy, la disputa global no se define solo por ejércitos. Se define por quién controla datos, financiamiento, inteligencia artificial, logística global y energía estratégica. Y en ese tablero, América Latina todavía juega, en gran medida, como proveedora.

El riesgo no está en comerciar con Estados Unidos.
El riesgo no está en comerciar con China.
El riesgo está en depender estructuralmente de cualquiera de los dos.

Porque la pérdida de autonomía no sucede de golpe. No ocurre en un tratado. No ocurre en un discurso. Ocurre lentamente. Decisión tras decisión. Acuerdo tras acuerdo. Crisis tras crisis.

La gran pregunta del siglo XXI no es quién va a influir en América Latina.
La verdadera pregunta es si América Latina va a construir el poder suficiente para influir sobre sí misma.

Porque cuando un país deja de planificar su desarrollo, empieza a administrar su dependencia.
Y cuando una región administra su dependencia durante demasiado tiempo, termina aceptándola como destino.



La historia latinoamericana muestra que romper ese ciclo no es imposible.
Pero siempre cuesta generaciones.